Ayer miércoles 20 de noviembre estuvimos charlando Melisa Arreola, Ingrid Hernández, Hugo Lugo, Marcos Ramírez ERRE y Eduardo Lozano Murillo, con un público de amigos que pronto tomaron la palabra, haciendo que la plática fuera expansiva. Nos convocó el tema de los espacios alternativos/independientes/autónomos dedicados al arte en Tijuana, activos en las últimas dos décadas. La memoria se activó con las imágenes que presentaron los participantes. Muchos se vieron reflejados en el espejo del pasado, con looks caducos, con la juventud extraviada; otros nos asombramos de aquellas personas legitimadas por el tiempo, en algarabía e improvisación palpables. Lo que sucedió es que la memoria de algunos se convirtió en la de todos. Aún cuando algunos de nosotros no presenciamos los hechos narrados, nos era posible identificarnos con las formas que los inicios adoptan. Esta euforia que se tradujo en carcajadas, reflexiones y propuestas, trajo consigo la nostalgia. Marcos comentó sobre la necesidad de trascender la nostalgia, como un peligro de quedar atrapados en los recuerdos, a lo que yo comenté que la nostalgia tiene cierta potencia, solo habría que saber usarla. Ahora no estoy tan seguro de ello. Hace algunos meses se presentó en el Museo de Historia de Tijuana, una exposición que reunía obras de arte, libros, memorabilia y documentos de la escena creativa tijuanense en los años noventa y dosmil. A mi entender, la exhibición presentaba varios problemas en cuanto a la articulación discursiva, tanto conceptual como espacial, que según mi lectura se quedaba atrapada en la nostalgia. Entonces, pensé que esa nostalgia contenía cierta potencia crítica que se había desperdiciado. Todos esos objetos, documentos y obras, guardaban la potencia para discurrir críticamente sobre el pasado, pero no sucedió. Una de mis sospechas en cuanto a la falla de la muestra, era que el investigador formó parte de los hechos que se presentaron, pero después supe que esa no podía ser la razón. La realidad era que existieron deficiencias profesionales para lograr lo que se propuso. Por ello, decía el día de ayer, la nostalgia guarda cierta potencia. Pero en la auto-examinación me encuentro desprovisto de nostalgia sobre el pasado que me interesa. Ni los dosmil, mucho menos los años noventa, forman parte de mi memoria en el ámbito profesional. Me pregunto por las motivaciones y capacidades reales de mi investigación, quedo con mi sola curiosidad. Tal vez deficiencia de la historia del gremio al que pertenezco, quizá una nostalgia fantasma  –la ausencia de la ausencia– es la que me alienta a mirar el pasado extraño –y extrañado–, para preguntarle por otros como yo, por otros que construyeron el suelo donde trabajo. También, existe la fascinación por lo desconocido, por aquellos hallazgos imaginarios con los que me he encuentrado al leer, observar una imagen o escuchar un testimonio. Parece ser que mi nostalgia es provocada, no por la ausencia del pasado, sino por la falta de futuro, por la incertidumbre diaria del presente, por la incapacidad real de saber si lo que hacemos cada día es importante en algún sentido.

Imagen de Eduardo Lozano Murillo.